domingo, 2 de diciembre de 2007

No me mires de ese modo, fue un error honesto


-Buenos días-
-Excelentes diría yo-
-¿Por qué tanta felicidad?-
-Tengo el presentimiento de que hoy será un gran día-Respondí con seguridad. Salí de mi edificio despidiéndome con una sonrisa en la cara del portero que tanto me desagradaba, pero no arruinaría mi disfuncional alegría que tanto extrañaba por un desconocido que solamente golpeaba a mi puerta para decir que mantuviera las luces apagadas porque se gastaba demasiado. Esa mañana de miércoles no tenía nada importante que hacer, pero debía aprovechar la grata coincidencia de que siempre el tercer día de la semana fue mi favorito, incluso en mis peores semanas era lo más tolerable que tenía alrededor, y no daba crédito a lo que veía considerando que me sentía profundamente feliz y era miércoles. El cielo estaba completamente azul, las nubes le daban un toque más pictórico al entorno y claro, nunca antes me había sentido tan a gusto con los rayos de sol sobre mi piel. Desde que abrí mis ojos esa mañana supe que sería el mejor día de mi vida, por razones desconocidas, el primer paso que di fuera de mi cama condujo un impulso nervioso hacia mi cara y sonreí. Caminé tranquilamente por la calle y sentí muchas miradas resentidas, envidiosas de mi felicidad. Amargados, pensé. El par de árboles que había en ese lugar, secos, sin hojas y con los troncos rayados, incluso eso era precioso a mis ojos. Fui al banco y estaba llenísimo. No me importó. Me agradaba ver a tantas personas desgraciadas que no apreciaban lo que yo aprendí un miércoles, a amar la vida de tal forma. La fila se extendía por cinco calles fuera del mismo banco y faltaban solamente diez minutos para la hora de cierre. A cada persona que me miraba, yo le sonreía, intentando contagiar mi optimismo al resto. Nunca en mi vida entera me había sentido de esa manera y hoy la vida me premiaba por tanta tristeza y desgracia junta. A eso de las tres de la tarde la fila avanzó unos cinco metros. No había nada mejor que eso. A mi lado, a causa de los cuarenta grados de calor que hacían, se desmayó una anciana. Amablemente me incliné a ver como se encontraba, y minutos después despertó. Señales. Nada es tan terrible como parece, cuando estás al borde de la muerte nacen nuevas esperanzas. A las siete de la tarde por fin llegué a la oficina de la secretaria. Tenía el número uno de la letra “C” y el marcador luminoso iba en el cincuenta “A”. Faltaban unos trescientos números pero no importa, el ambiente era agradable y el aire acondicionado movía mi pelo de forma graciosa. Pasaron un par de horas y solamente faltaban cinco números para ser atendido. Cuando estuviera en ese mesón sería el momento más glorioso del día. Todo se detuvo. La secretaria llamó al gerente y parece que había un problema grave. La gente de la fila comenzó a reclamar, porque estar toda una tarde en el banco, a nadie le parecía simpático. Algo logré escuchar, pero solamente palabras entrecortadas. Le pregunté a la señora que estaba adelante que qué susurraba tanto la oficinista con el gerente y dijo que había un error en una cuenta, que hubo una equivocación en un número de cuenta y que una caja fuerte estaba vacía a causa de eso. No me importó, porque habían más de mil personas en la fila, por lo que podría ser la cuenta de cualquiera. Al fin llegué adelante, con una sonrisa que partía en mi oreja derecha y terminaba en la izquierda. Entrego mi identificación y le dicto a la agotada mujer el número de cuenta. Tarda unos minutos. Me mira. Sus ojos se van en picada al suelo. Su voz se entrecorta y no podía mantener un tono estable, agudo a ratos, grave en otros. Solamente escuché: Señor…problema…cuenta…vacía. La miré y le pedí que me repitiera lo que dijo, porque no había comprendido nada. Negro, mi mente se fue a negro y no supe nada más de mí. Abrí los ojos y estaba sentado en una oficina pequeña. Escuché de fondo una voz grave y pausada: “Señor, tranquilo. Lo sentimos profundamente”. Me explicaron todo, respiré hondo y me tranquilicé. Eran los ahorros de toda mi vida, veinticinco millones que nacieron de los ahorros de mi infancia, del dinero que dejaba el ratoncito de los dientes, el conejo de semana santa y el viejito pascuero. Algo así no amargaría mi día, solamente quedaba averiguar quien usó mis datos para estafarme de tan brutal e inesperada forma. Caminé hacia mi casa, de vuelta a mi departamento, que valía diez veces mi ínfima cuenta bancaria. Fui al estacionamiento de la calle siguiente a buscar mi auto, mi preciado tesoro, amaba cada detalle de él: sus bujías, vidrios, puertas, amortiguadores e incluso a las cuatro ruedas por igual. Subí al ascensor para llegar al subterráneo. Dí más de siete vueltas y nada. Mi auto no estaba. Fui a la recepción y pregunté por él. Me llevaron al segundo subterráneo y me condujeron hacia el estacionamiento A-54. Estaba frente a un montón de chatarras cromadas, metales destrozados y vidrios rotos. Lo único que pude reconocer fue la radio del vehículo. Me senté en el suelo sin poder creerlo. Un camión que llevaba un container de repuestos para aspiradoras había aplastado mi auto, mi joyita del año, el último grito de la moda en cuanto a colores y formas, el gran hito de la mecánica en cuanto a velocidades y tracciones. Quise desmayarme por un segundo, pero luego me puse de pie. Nada opacaría mi día de triunfo, mi día de eterno optimismo y felicidad. Me dirigí caminando hacia mi casa, apreciando cada detalle, cada molécula de viento, cada textura que pisaran mis zapatos. A eso de las ocho de la noche comenzaba a oscurecer paulatinamente y sentí pasos a mis espaldas. Gente, gente que camina y disfruta del atardecer al igual que yo. A pasos de mi departamento escuché que alguien gritó: “No te muevas, quédate ahí o disparo”. Me asusté, lo admito. Seguí caminando. “A ti te hablo, al del maletín”. ¿Seré yo? No miré hacia atrás y me hice el sordo, cuando se abalanza un tipo sobre mí, rodea mi cuello con sus brazos y siento algo punzante en mi costilla. “Si haces todo lo que te digo no pasará nada”. Comencé a temblar de una forma tan cobarde que me por un segundo olvidé el miedo y sentí vergüenza. Al ver la cara del sujeto, no tenía más edad que mi hermano menor. Avergonzado al cuadrado. Me reí en su cara, juraría que notó que lo subestimé, y él estaba muy en lo correcto. A la primera sonrisa burlesca que se arrancó de mi boca me atravesó su cortaplumas a la altura de mi costilla derecha. Puse mi mano sobre la herida y vi cómo mis dedos se llenaban de sangre, al mirar el suelo, había un enorme charco de mi propia sangre. El sujeto me hizo caminar una cuadra para que en un callejón le entregara mi maletín. Definitivamente ese día miércoles la suerte estaba de mi lado, el maletín solamente tenía carpetas con un par de poemas mediocremente escritos y unas fotografías mías, las peores que he tenido en toda mi vida. O sea, en resumidas cuentas, era atacado por un asaltante iluso, y quedaría como mártir ante los ojos del resto. Mi madre diría “A mi niñito lo asaltaron y él como es tan valiente se defendió y ahí lo apuñalaron”, y mis amigos “Yo no estaría vivo para contarlo”. Claro, sería el héroe de mi vida, de mi propia existencia y podría manejar la historia a mi antojo, porque mostraría a cada persona el maletín manchado con sangre que rescaté del asalto, en el cual me apuntaron con una pistola, entre cinco tipos de dos metros de altura cada uno, donde yo fui lo suficientemente hombre para salvarme a mí mismo y no tuve necesidad de recurrir a esos superhéroes de tira de comic. Una vez en el callejón el tipo me pidió el maletín y la clave para abrirlo. Y ¡Sorpresa! Cero dinero. El tipo se enfureció y comenzó a patearme en el suelo. Una vez que liberó toda su ira sobre mí, abrió mi mano y dijo: “Toma, tus dientes. Ahora si que te sentirás mal, fuiste lindo, lo eras”. Me arrastré hacia la salida de esa calle sin salida con mi maletín en una mano y los dientes que el sujeto había volado de mi boca con solo dos golpes. Caminé arrastrando los pies y me miré en el espejo de un auto. Mi cara era un chiste, pero de esos chistes aburridos de los que nadie se ríe. Crucé la calle para llegar a la entrada principal de mi departamento y toda la gente estaba de pie observando hacia el cielo. La calle estaba cerrada rodeada de conos fosforescentes. Patrullas policiales y bomberos alrededor. Me senté en la vereda porque no podía más con mis piernas, y el dolor en la columna me mataba. Se acercó un bombero y me dijo: “Muchacho, estás de suerte. Te llevaremos en camilla a la ambulancia, déjame revisarte”. Un miércoles de suerte, con paramédicos a domicilio. Un par de personas me observaron, vieron mis reflejos y ese tipo de chequeos de rutina en caso de emergencia. Una vez acostado en la incómoda camilla mi mirada estaba en dirección al cielo, al techo del edificio. Una enfermera comenzó a suturar mi herida de la costilla y las lágrimas saltaron de mis ojos. La tierna chica tomó mi mano y dijo: “Resiste, te salvaste de un asalto, agrádesele a la vida que te salvaste de algo así, hoy es tu día de suerte, no como el del dueño de ese departamento, pobre hombre cuando vea todo destruido”. Me senté rápidamente y sentí una puntada enorme en mi abdomen y la hemorragia aumentó al doble. Miré hacia el balcón y solamente se veían caer cosas. Televisores, computadores, un colchón, maletas, ropas, zapatos. Una neurótica tiraba cosas por la ventana. Quizás quiso hacer literal el dicho “Tirar la casa por la ventana”, puede que sea inepta y no comprenda que es solo un decir en sentido figurado. Me tendí nuevamente en la camilla y vi volar una pintura de Monet. El inepto era yo, esa era mi casa. El departamento en ruinas era mío. Me puse de pie y corrí hacia mi casa. Me detuvieron los policías y un bombero me tomó por la cintura apretando mi herida. Me sentí desvanecer en sus brazos. “Es mi departamento”. Tambaleé un par de veces, mis piernas se doblaban, ya no podía respirar. No sé cómo me libré de los brazos del bombero y comencé a correr hacia el ascensor. Los policías me siguieron y las puertas se cerraron. 1, 2, 3, 4, 5. Los números cambiaban en el panel luminoso con una flecha hacia arriba. Me bajé en el 11. Reptando por el suelo hasta llegar a la puerta de mi departamento, la puerta estaba abierta. Ella me miró y sonrió mientras lanzaba los cojines de mi sillón por la ventana. “Mentiste, mentiste traidor”. Me tomó del brazo y ayudó a que me pusiera de pie. “Te burlaste de mí en mi propia cara, infeliz”. Intento hablar y no me sale la voz. “Fingir, es lo único para lo que sirves tarado. ¿Cuándo me dirías que termináramos? Lo habías decidido hace seis meses ¡Seis meses! ¿Y qué esperas? ¡Échame! ¡Di que no me amas, que soy solo un juguete!”. La miré a los ojos y comencé a llorar. ¿Por qué me haces esto? Yo te amo, siempre te he amado y siempre lo haré ¿De donde sacaste tamaña estupidez? Le pregunté. “Te conozco, lo sabía. Lo supe siempre”. Apoyé mi cabeza sobre su hombro y acarició mi pelo de una forma tan dulce, tan suave, de esas caricias que no sentía desde hacía más de tres años. ¿Me perdonas? Le pregunté sollozando mientras ella acariciaba mi pecho. “Nunca” dijo ella estoica, mientras hundía su mano en mi costilla. Ese miércoles cuando pensé que era mi día de la suerte, ya que mi intuición lo decía, comprendí que soy muy masculino para conocer la intuición. Es verdad, es cosa de mujeres. Su mano apretaba aún más mi herida mientras la sangre goteaba sobre mi zapato. Comencé a ver borroso y mis piernas se doblaron, caí sobre mis rodillas. Si te lo decía iba a destruirte, nunca lo comprenderías, fue un error honesto, le dije.


Titulo sacado de "Honest mistake" The Bravery

2 comentarios:

Renzo dijo...

Hola! interesante el relato ... me complacería saber si es uno propio o lo sacaste de algún lugar... esta increible! Saludos.

.- dijo...

hola te voi a dejar un comentario par aqe veas ke nosoi ingrata x)
ese fue mi comentario x) un beso y vuelve mañana o sino lloraré x)