jueves, 5 de julio de 2007

Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos


Estaba en un rincón recordando su presencia. Ella pensaba en lo indiferente que le resultó todo cuando estaban juntos, pero comprendió que comenzaba a asimilar todo con lentitud y los años que habían pasado casi sin avisar, dejaban profundas huellas. La habitación estaba cada vez más oscura ya que la ventana de a poco se volvía más angosta. Mientras ella coloreaba un dibujo infantil, recordaba el rostro de él. Esa voz ronca sonaba en su mente y el adiós permanente parecía por fin cerrar más de algún capítulo inconcluso. Visualizar el último abrazo no era tarea fácil, haber permanecido entre sus brazos por unos cinco minutos escuchando los sollozos graves mientras su barba de tres días rozaba contra su cara. Enlazar sus dedos entre esos tan huesudos y largos, acariciar esa mano de venas prominentes y blanco color. La tarde anterior había sido la despedida oficial, anunciada hacía días, y concretada con anticipación para finiquitar todo de una buena vez. Mientras ella hablaba, él permanecía acostado en el sillón mirando hacia el techo para evitar mostrar sus lágrimas invadiendo sus mejillas tan tersas. Ella no comprendía su propia esencia. Ella no comprendía por qué no lloraba junto a él, por qué no podría acompañarlo en esa tristeza tan secretamente compartida. Quizás fue la despedida más larga vista en la historia, nisiquiera en las películas las despedidas tenían repeticiones o eran tan extensas. La habitación del hotel era inmensa, y cada detalle, y cada mueble, cada adorno, transformaba la realidad en ficción, el lugar parecía un estudio de filmación, aunque faltaba solamente el perfecto maquillaje, ya que cuando ella evitó llorar, con el dorso de su mano restregó sus ojos y el lápiz negro causó estragos en su pálida cara a causa de la impresión. Escucharlo cantar por segunda vez en su vida, partió su alma en dos, esa alma que cada día crecía, y que cada día intentaba ser más mujer, más firme, más dura. Esa misma alma...se quebró en trocitos en un instante. Él se puso de pie y sentía náuseas. La cena había sido un momento de tanta tensión y de tanta tristeza, que él sentía deseos de vomitar. Ella fue por un vaso de agua para ofrecerle. Él lo rechazó. No estaba de ánimo para tomar agua. Siempre decía eso. Fue la única persona en el mundo que necesitaba estar de ánimo para tomar agua. Ella nunca escuchó algo así en su vida, y él no recuerda de donde sacó semejante pensamiento. En ese sentido eran opuestos. Ella solamente bebía agua cuando estaba muy triste, para evitar llorar. Se sentaba en el mueble de la cocina con un vaso largo en la mano y dejaba la llave abierta para que el agua corriera. Llenaba el vaso las veces que fuera necesario, sin parar, hasta el punto en que su respiración se encontraba alterada a causa de un pseudo-ahogo y dejaba de beber pero su mano se ubicaba bajo la corriente líquida. Él se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la cama y con las piernas dobladas y abiertas, apoyando sus manos en sus rodillas. Ella sabía que todo era algo insostenible pero no comprendía cómo se había dilatado tanto algo que ya había sido resuelto años atrás. Se suponía que estaba superado de forma compartida porque no había sido la gran cosa. Quizás un año después él pudo notar que para él nada estaba sellado y que la herida continuaba abierta en su pecho. Ella siguió con su vida mientras él la anclaba con el pasado. Ella intentaba avanzar y él tiraba su cuerpo hacia atrás. Mientras él continuaba sentado en el suelo, ella caminaba por todo el lugar, como león enjaulado, moviéndose de un lado a otro. Él no comprendía sus palabras, intentaba no escucharla para fingir ser un ignorante ante todos los sucesos expuestos. Luego se puso de pie y fue a buscar un chaleco, el favorito de ella. Volvió a sentarse mientras anudaba las mangas intentando evadir la situación. Ella no comprendía cómo todo este tiempo él había fingido haberle entregado su amistad, siendo que era lo último que él deseaba ser en la vida de ella. Ella dijo que debía irse, que todo se volvía más dramático de lo que debería ser, que los dolores hay que vivirlos una vez de forma rápida para no sufrir de sobra. Extendió sus manos y él se afirmó para ponerse de pie. Se abrazaron mientras ella susurraba que la relación había finalizado hacía más de dos años y que era evidente que todo estaba superado para ella. Él entendía, pero no era consecuente con su corazón. Él le respondió que no comprendía cómo tuvo tu mente tanto tiempo pendiente de ella, siendo que ya nada era como en los escasos meses de felicidad. Ella se sentó en el borde de la cama muy segura de sus sentimientos. Ella lo amaba, pero como un lindo recuerdo, por lo hermoso que fue todo en el momento que la relación existía, por lo tierno que pudo llegar a ser y por las mil cosas que compartieron. Ella lo amaba como un antiguo amor y ese cariño de amantes hoy estaba conservado como un amor de amigos, pero no de cualquier clase de amigos, sino que como un amor de amigos cercanos, que se conocían bastante bien. De esos amigos fieles que siempre están en la vida en los momentos oscuros. Ella caminó hacia la puerta en silencio y al tomar la manilla sintió la ancha mano en su hombro. Volteó y lo abrazó tan fuerte, que él se largó a llorar nuevamente. Ella sabía que él no volvería en mucho tiempo, porque los juramentos de él siempre se cumplían, su palabra era inquiebrantable, y él prometió por su madre que no regresaría dentro de un año, y ella estaba segura que así sería. Se miraron un instante y ella sonrió de forma benévola. Él acarició su cara con ambas manos y besó su frente. Ella se colgó de su cuello, y besó prolongadamente su mejilla mientras levantaba un pie del suelo, cosa que a él tanta gracia le provocaba siempre. Se alejaron, él tomó su mano y sintió como se separaban los dedos enlazados, cómo se desvanecían sus largos y huesudos dedos entre los de ella con uñas tan bien decoradas en tonos rosados. Ella caminó por el pasillo, volteó la mirada y él estaba en el umbral observándola alejarse. Ella movió su mano, le hizo una seña tétricamente triste y él sonrió entre lágrimas. Ella le lanzó un beso con su mano y él fingió atajarlo entre sus dos palmas. Sonrió mostrando sus perfectos dientes y luego le mostró la lengua de forma infantilmente graciosa. Ella lo observó y soltó una enorme carcajada, y le enseñó su lengua también mientras caminaba hacia adelante pero mirando hacia atrás. Él se puso serio, sacudió su hombro y puso sus manos en sus bolsillos, mientras ella continuaba enseñándole su lengua, y tarareando y haciendo la coreografía de una canción de las "Spice Girls" con la que él siempre la molestaba y la que tantas veces bailaron mientras caminaban en la calle, de pronto ella voltea y el ascensorista se reía en silencio siendo testigo de toda la jugarreta. Ella recuperó la compostura e irguió su tronco para parecer más adulta, siendo que ni ella creía dicha actuación. Se subió al ascensor y miró hacia el suelo. En cada piso el ascensor hacía una pausa, abría sus puertas, pero no había nadie esperándolo. "Siempre hay niños traviesos" dijo el ascensorista al comprobar que en todos los pisos las compuertas se abrían unos quince segundos y luego se cerraban sin recibir nuevos huéspedes. Al llegar a la planta principal, las puertas se abren de par en par y estaba él, con la respiración agitada, por haber bajado trece pisos corriendo por las escaleras. Ella se largó a reir y él la abrazó. Él sacó de su bolsillo una corbata y ella se sorprendió diciendo: "Sabía que la tenías tú". Ambos rieron y él pidió disculpas, ya que sabía que era la corbata favorita de la colección que ella tenía. Él extendió su mano y ella recibió la corbata, luego la estiró y la puso alrededor de su cuello. Hizo un par de nudos fallidos: uno chueco, otro arrugado, y el otro muy pequeño. Siguió intentando mientras él la observaba concentrarse. Ella desprendió la corbata de su cuello y la posó sobre la cabeza de él y luego la ajustó a ese cuello, el que tantas veces tocó jugueteando a seguir la manzana de Adán subir y bajar mientras él hablaba o ingería alimentos. Él sonrió agradecido y se abrazaron por última vez. Pasarían varios meses en que ella no palparía esos musculosos brazos ni olería esa varonil fragancia ni oiría esa ronca voz. Avanzó por el gran salón mientras él la observaba salir. Las puertas de vidrio se abrieron de par en par y ella desapareció entre la neblina.

(Título sacado de "Tratame suavemente" de Soda Stereo)

3 comentarios:

Makitz dijo...

Hola, oye solo quiero decir que me encanta lo que escribes, de verdad deberías ser onda literata o algo asi. Bueno conoci tu blog por que estaba vagando en internet, y me encontrpe con tu otro blog, y lo lei y fue bkn, pero despues dejaste de escribir y cache que te habiai hecho otro, jaja y te queria postear, y lo hago po. Bueno que estes bien..chao


Macarena

bittersweet_girl dijo...

Te .KIERO .cabra pesá
OYe no que serias mi lectura de cabecera?
Hace mil que no actualizas!
que estafa!>.<
osea por tu culpa deje de comprar libros piratas! já


KE estress con los blogs

Anónimo dijo...

Wow!... Sólo... Wow!... TOdo lo dmás por decir... estaría dmás. c.l.